Las cinco comidas en una rica casa en el siglo XIX

Al recobrar las ganitas de comer, extremaron Demetria y Doña María Tirgo sus habilidades culinarias para ofrecerle sabrosos manjares en cantidad discreta. En cada una de las cinco comidas que se hacían en aquella Jauja, preparaba Demetria alguna sorpresa para su enfermo. No hay que hablar de la abundancia, que en tal casa era como un continuo chorro vivificante de los múltiples dones de la Naturaleza. Allí, las carnes suculentas de cabrito y carnero; allí, la caza de monte y la pesca de río; allí, las riquísimas verduras y las frutas tempranas; allí, los sabrosos esquilmos del cerdo; allí, la miel, la monjil repostería, formaban como una caudalosa corriente entre la Naturaleza y el estómago, entre el divino crear y el humano digerir, corriente que por la variedad de sus dones no permitía el cansancio. Bien decía D. José María, paladeando su vinito: «En esta tierra de bendición, Sr. D. Fernando, el que se muere es porque quiere». Empezaban a hacer por la vida a las siete de la mañana, con el rico soconusco de la tarea que labraba en casa el mejor chocolatero de la villa, y lo acompañaban de unos bollos en que lucían su primor Doña María Tirgo y las cocineras de ambas familias. A las nueve se servía la sopita de ajo con chorizo, infalible tentempié en aquella hora, y ya estaban todos como un reloj hasta las doce en punto, en que se servía la comida con todo el ceremonial de rúbrica. Rompía plaza la sopa dorada, de pan, bastante a matar el hambre de los menos favorecidos por la fortuna, y luego entraba el cocido… ¡Compadre, vaya un cocido! La carne de cebón y los aditamentos cerdosos dábanle poder para resucitar un muerto; tras él llegaba la verdura exquisita, con su indispensable oreja, y ainda mais, morcilla. De principio, entraban los pollos asados bien doraditos, tiernos, o los barbos del río, o la enroscada anguila; y de postre, el dulce de cabello (también hecho en casa o mandado por las monjas), el mostillo, las nueces, el queso (también de casa), la miel, el sinfín de frutas espléndidas que recreaban el gusto, la vista y el olfato… y, por último, la indispensable copita de anís. A las cuatro sentíanse ya desfallecidos, y por vía de sostén tomaban otra vez chocolate con los correspondientes bollitos. Gracias a esto podían tirar hasta la cena, a las ocho en punto, empezando por la ensalada cruda, como aperitivo, siguiendo las sopas de ajo con chorizo, los huevos pasados; luego la chuletilla de cordero, la trucha frita, el plato de guisantes, judías verdes o tirabeques, y, por fin, la compota… esta no podía faltar, como tampoco un plato de leche, sin contar la interminable tanda de golosinas… y otra vez la copita de anís, que tan bien ayuda la digestión…
A Fernando servíanle en su cuarto, en una mesita con mantelería limpia como el oro, que junto a su cama ponían, y así estuvo comiendo hasta muy avanzado Julio, en que D. Segundo le permitía levantarse algunos ratos; pero sin andar ni moverse del aposento. Con el trato continuo, Gracia, que le acompañaba y le servía gozosa, tomó la confianza de tutearle. Comúnmente le llevaba noticias de las cositas buenas que su hermana y la tía estaban haciendo para él. «Hoy te van a poner unos pescaditos al horno, que te vas a chupar los dedos». Otra vez entraba con un par de palomos muertos: «¿Ves esto? —le decía—: pues te los van a poner con arroz. Toca, mira qué pechugas…». O bien entraba con cestas de frutas riquísimas, acabadas de traer de las huertas de Paganos, peras de a cuarterón, manzanas fragantes, cerezas gordas, y se las mostraba, enardeciendo su abundancia y hermosura. «De todo has de probar hoy, Fernandito. Demetria ha dicho que te haga comer un poquito de cada cosa, para que veas todo lo bueno que crían nuestras tierras.
—Sí, hija mía, sí —respondía Fernando, no tan alegre como debiera—: ya veo, ya veo que Dios os ha dado muchos, muchísimos bienes; pero con ser tantos, no llegan a lo que vosotras merecéis».
Benito Pérez Galdós – De Oñate a La Granja. Cap. XXXIII

Anuncios

La historia de veinte siglos en veinte líneas

LISTAS
Los siglos
El sigło I de la era cristiana fue llamado de la Redención.
El II, de los santos.
El Il, de los mártires y de los ermitaños.
El IV, de los padres de la Iglesia.
El V, de los bárbaros del Norte.
El VI, de la Jurisprudencia
El VII, de Mahoma.
El VIII, de los sarracenos.
El IX, de los normandos.
El X, de la ignorancia.
El XI, de las Cruzadas.
El XII, de las Órdenes religiosas.
El XIII, de los turcos.
El XIV, de la artillería.
El XV, de la imprenta.
El XVI, de las Bellas Artes.
El XVII, de la ingeniería.
El XVIII, del despertar de los pueblos.
El XIX, de las luces.
El XX, de la conquista del aire.

Con el Teodoro ya no me junto, es un zopenco,

Era aún muy temprano cuando abandoné Göttingen y probablemente el Profesor *** seguiría en la cama soñando, como de costumbre, que se encuentra en un hermoso jardín en cuyos arriates crecen miles de blancos papelillos llenos de citas ilustres que brillan alegres al sol y de los que va cogiendo uno aquí uno allá para plantarlos en un nuevo arriate mientras los ruiseñores le alegran el corazón con sus dulces cantos.
Ante el Weender Tor me salieron al encuentro dos pequeños lugareños en edad escolar y el uno le decía al otro: «Con el Teodoro ya no me junto, es un zopenco, fíjate que ayer ni siquiera se supo el genitivo de mensa». Por irrelevantes que puedan sonar estas palabras, no puedo evitar ponerlas por escrito; incluso me gustaría escribirlas en un gran cartel sobre el Weender Tor como el lema de la ciudad; porque los jóvenes cacarean lo que los viejos rezongan y semejantes palabras dan clara muestra de lo rancio y estirado del orgullo académico de la célebre Georgia Augusta.

Heinrich Heine
Cuadros de viaje

me acuerdo de que en la Biblia de Ferrara según va haciendo el Creador a las criaturas, dice: «¡Qué bueno!

Yo soy físico, mi formación es de científico y me creo poco lo del nacimiento traumático. Usted tiene una alegría de vivir y unas ganas de reírse con el mundo y hasta un poquito del mundo. Deme una razón para esto.

Ya lo pensaré un poco, pero creo que usted está en lo cierto. Ese es mi talante pero, además, es que a mí me parece que el mundo moderno es una desgracia, porque entre otros aspectos es bastante triste, no encuentra motivos para vivir. Y hay demasiados modernos así. No hace mucho me encontré con alguien muy conocido que había cumplido cuarenta años y me dijo, a mí con ochenta y siete, que no paraba de pensar que se tenía que morir, y le contesté: «Toma y yo también, ¿es que eres tonto?» y me respondió: «Ya, pero yo no tengo motivos para vivir». Y esta es una mera anécdota, pero aterradora porque la vida no necesita motivos para vivirse y parece como si la naturaleza de esa vida fuese la finalidad misma de ser vivida. Como el pez en el agua. Es la conciencia de lo insuficiente de la propia vida, o la amenaza a esta las que se interponen entre la vida y nosotros.

Y, en otro orden de cosas, son los demiurgos de nuestro tiempo, hombres de pensamiento y ciencia, señores del nacer y del morir, quienes piensan que no hay razón alguna para que la especie humana, de la que tienen una pésima opinión, continúe sobre la tierra. Es un botón de muestra del famoso antihumanismo. Y algunos han lamentado que no se aprovechase para ello la crisis, en 1983, de los cohetes Pershin americanos en la República Federal Alemana. Estas son las cosas que solo ocurren, creo yo, después de un desolador desastre en nuestro pensamiento y en el interior más profundo de nuestros ser donde parece que ya no llega la alegría de vivir. Pero yo creo que merece la pena vivir porque hay personas, porque hay pájaros, porque hay cosas que están muy bien, excelentemente bien.

Y, de repente, me acuerdo de que en la Biblia de Ferrara según va haciendo el Creador a las criaturas, dice: «¡Qué bueno!», mientras otras biblias traducen: «Y vio que era bueno» como diría un inspector o un aduanero. Va un mundo entre aquella traducción y las corrientes. En el XV la vida sería difícil pero la alegría de vivir era desbordante, y esto se refleja en toda la literatura medieval.

Arte y Letras, Entrevistas, Literatura
José Jiménez Lozano: «Merece la pena vivir porque hay personas, hay pájaros, hay cosas que están excelentemente bien»

José Jiménez Lozano
en una entrevista publicada en Jot Down por Guadalupe Arbona Abascal y Juan José Gómez Cadenas

¡Vuela, Pepito!

El cuco entre las hojas del laurel romano observa.

 

“¡Allá va Pepito!

Y                                                                        luego

 

solo la voz de Conejo

¡Cogedle!

Después un silencio…

Voces luego.”

Cu-cú, cu-cú, cu-cú                                                                                   risa interminable

de esa mañana de mayo.

 

      Lewis Carroll y el cuco activo

Sí. Creo que el relato corto es la forma literaria más difícil.

Annie Proulx dice que es más difícil escribir relatos que novelas. ¿Está de acuerdo?
Sí. Creo que el relato corto es la forma literaria más difícil.
¿Por qué?
Todo tiene que estar en el lugar exacto. No hay sitio para el error. Necesitas mucho control técnico, tienes que saber expresar cosas rápido y en poco tiempo tienes que crear el conflicto, los personajes, la narrativa y la resolución. Es como un cubo de Rubik al que sigues jugando para ver si logras poner los colores en el lado correcto.

Jeffrey Eugenides: «Llevo tanto tiempo escribiendo que mi propia vida casi no parece mía»
Inés Martín Rodrigo. Entrevista en el ABC Cultural. 28/05/2018

Pues esa alegría se la puede regalar a uno el cuco

En sus poemas se ve cómo cada mañana vuelven a acontecer las cosas nuevas. ¿Cuál es el origen de esta alegría?

Pues esa alegría se la puede regalar a uno el cuco, un apretón de manos, una sonrisa, una tarde maravillosa con sol doramembrillos, un gato y desde luego el sonido de una campana que, como decía el señor Hegel, trata de recordarnos que la historia tiene sentido y nuestra vida también. Y esta sí que es una alegría extraordinaria.

José Jiménez Lozano
en una entrevista publicada en Jot Down por Guadalupe Arbona Abascal y Juan José Gómez Cadenas